viernes, 20 de junio de 2014

No es momento para negociar con los Castro

No es momento para negociar con los Castro

La libertad de inversión constituye un espejismo allí donde no existe la libertad política
obama-castro 


MIAMI, Florida

 -Una ojeada a los últimos cincuenta y cinco años transcurridos en Cuba impone una conclusión escalofriante: fue el medio siglo de las grandes miserias sociales, las monstruosidades ideológicas, los desmembramientos familiares, los indeseados éxodos, la degradación moral, la destrucción de la infraestructura económica, incluso la modificación de los hábitos de consumo y la adulteración del idioma. El único objetivo ha sido asentarse en el poder y consolidar su hegemonía aunque para ello haya sido necesario convertir la represión en una forma de gobierno.
Se abre ante nosotros medio siglo donde la disidencia y la oposición pacíficas se satanizaron y la discrepancia con la política oficial se ha interpretado como un acto de traición a la patria o mercenarismo. Miles de cubanos perdieron sus vidas frente a los pelotones de fusilamiento y otros tantos sufrieron los rigores de la cárcel junto a los que desaparecieron en el estrecho de la Florida devorados por los tiburones al tratar de escapar de la isla en precarias embarcaciones. Algo inédito para los cubanos, incluso en los momentos más sombríos de nuestra historia.
Son crímenes horrendos que hunden sus raíces y se enlazan junto a otros dos de análoga crueldad: la esclavitud y el holocausto judío.
¿Qué diferencia puede existir entre un obrero cuyo salario apenas le alcanza para alimentar a su familia; entre el padre que no puede elegir el tipo de educación que desea para su hijo; el creyente que ocultó sus convicciones religiosas para no convertirse en un paria; el profesional hundido en la frustración, y el esclavo de cepo y barracón?
¿Cuál es la diferencia entre un sistema de vigilancia permanente; el sometimiento del ciudadano a las arbitrariedades de los cuerpos represivos, la ausencia de un sistema judicial imparcial e independiente; la supremacía de un partido, la pretendida uniformidad de pensamiento, la incapacidad de elegir el sitio donde se desea vivir, y la comunidad judía del ghetto de Varsovia?
El experimento comunista, que en algún momento fue popular en muchas sociedades, desencadenó la doctrina del terror y la exclusión en todos los países donde fue impuesto. Naciones de Europa del Este, Asia y África no escaparon de las brutalidades marxistas, al margen de sus culturas y sus tradiciones.
Los testimonios de las víctimas y los documentos encontrados en los archivos desclasificados de los cuerpos represivos, nos corroboran que el terror fue uno de los factores fundamentales del comunismo desde sus orígenes.
Si desechamos la idea de que los fusilamientos, las largas condenas, los campos de trabajo forzado, las expropiaciones arbitrarias y otras salvajadas solo fueron eventos circunstanciales propios de un país, una cultura, o una época, comprenderemos perfectamente la dimensión criminal del castrismo
Y es justamente con ese sistema arbitrario y criminal con el que un grupo de ex y otros no tan ex funcionarios y empresarios estadounidenses pretende emprender una aventura negociadora, algo asi como entregarle un certificado de buena conducta o el deshonroso borrón y cuenta nueva.
Y lo curioso es que entre los hombres de empresa y creatividad firmantes de la carta donde se solicita del presidente Obama flexibilización y apertura, aparecen los nombres de personas cuyas propiedades fueron expropiadas por el castrismo en uno de sus arrebatos “nacionalizadores”.
Estas damas y caballeros deben de entender de una vez y para siempre que con las dictaduras no se negocia. A las dictaduras se les aísla y si algo se demanda de ellas es su abolición definitiva.
Resulta una imperdonable e increíble incongruencia que un grupo de ciudadanos estadounidenses, formados en un sistema de democracia, igualdad y respeto a los más elementales derechos ciudadanos galanteen con un régimen contrapuesto a   esos valores fundamentales.
No sé si alguna vez a algún estadounidense digno se le ocurrió pedirle a su presidente clemencia con los racistas de Sudáfrica. En todo caso la sociedad norteamericana siempre exigió de sus mandatarios un comportamiento honorable frente a los regímenes totalitarios sin importar el color de sus ideologías o el olor de sus plataformas políticas.
Esa tradición no puede derogarse bajo el pretexto de una supuesta apertura o una debatible solidaridad con el pueblo cubano.
Si realmente se quiere ser solidario con ese pueblo lo primero que hay que hacer es exigirle al régimen su abdicación incondicional al poder. Basta ya de declaraciones de principio, de plataformas, de iniciativas ciudadanas que solo sirven para entretener y desviar la atención de lo que realmente ocurre al interior de Cuba. Basta ya de iniciativas dirigidas a la transformación de la constitución vigente y el “perfeccionamiento” del socialismo. Basta de circos mediáticos.
Si lo que se quiere es garantizar un castrismo después de la dinastía, que se diga claramente y no se disimule bajo la sombra de mensajes edulcorados con sabor a perfidia. Si lo que se pretende es preparar el terreno para la inversión estimulada por las “aperturas de Raul”, que se diga y no se oculte tras un manto de falacias. Si alguien quiere ser el primero en plantar la bandera inversionista en una economía colapsada y aprovecharse de las carencias materiales y espirituales de los cubanos, que no se ande con ambigüedades ni subterfugios que apestan más a politiquería que a solidaridad.
La inversión extranjera es vital para cualquier nación porque estimula el empleo. Gracias a ella se promueven importantes innovaciones tecnológicas y la competitividad garantiza producciones con calidad y diversificación de las exportaciones. Pero esa modalidad económica debe estar presidida por un criterio invariable: la libertad política.
La libertad de inversión constituye un espejismo allí donde no existe la libertad política. Invertir en una nación sumida en los dogmas de una ideología totalitaria solo propicia su continuidad.
Inviértase en libertad, en autentica solidaridad con la nación cubana, inviértase en la construcción de un camino de igualdad para todos que permita el milagro de la transformación.
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