lunes, 21 de septiembre de 2015

Open Cuba: La palabra desaparecida





Open Cuba: La palabra desaparecida






Llegó el Papa a La Habana, descendió del avión de «AlItalia» 
en uno
 de esos días calurosos, soleados y ventosos, y aquel viento
 inclemente
 le levantó no una, sino dos veces el «capelo», como un símbolo
 irreverente
 del lugar en que plantaba sus pies y oía sus palabras.
 No sonrió mucho en
 su llegada, tal vez una o dos veces, ante la presencia de
 niños que lo
 saludaron. Un saludo formal, ordenado.
Todo en esta visita parece demasiado formal, impropio de 
este Papa
 que desgarra los protocolos, desde aquella salida al balcón
 del Vaticano
 cuando saludó por primera vez a sus feligreses. Hasta las
 palabras
 parecen congelarse, en una estalactita de oraciones 
previsibles, que 
se adivinan demasiados pensadas y vueltas a pensar, 
demasiado equilibradas,
 cuidadosamente rebuscadas en ese género de prosa que 
parece decir algo, 
sin decirlo. Todo un ejercicio de autocensura, propio mas
 de un filme de
 Luis Buñuel que de una autoridad internacional con el peso
 de la

 palabra divina y de la autoridad vaticana.
Hoy en la misa, sin embargo, hubo más sonrisas. 
El «PapaMóvil» se
detuvo algunas veces para bendecir a niños que se
lo acercaban en andas,
 sobre hombros, cargados en las manos de padres y creyentes,
 y también 
cinco jóvenes disidentes se arriesgaron a clamar «Libertad» 
y lanzar 
algunas octavillas ante el avance del Santo Padre.
Violencia incluida, «los cinco» fueron barridos de su presencia,
 ante los 
ojos internacionales de la prensa y la televisión. Esperemos 
que él les 
recuerde a los inquilinos de la casa de gobierno, aquel palacio
 rectangular 
que se adivina detrás de la estatua del Apóstol, que deben
 otorgarle esa 
misma Libertad que reclamaron esos jóvenes.
Esa palabra. ¡Ah!, ¡divina palabra!
Es todo un adagio de lo que esta visita significa, y es.
 Por supuesto, es solo
 el primer día, y yo no puedo predecir, ni aun con el poder
 divino de la 
especulación si el Papa Francisco hablará de ese concepto
 maldito en 
la isla, si la pronunciará en algún momento.
¿Tal vez en alguna otra ciudad cubana?
Pero no en La Habana, ¡tan necesaria!
La ausencia de esa palabra es el adagio de esta visita. 
Todo lo expresado
 por Francisco fue dicho tan cuidadosamente pensado, y
 leído, con esa 
pausa melodramática que adivina el respiro comedido 
ante el Angel Perverso,
 ante el Mal. Aun en las palabras sobre el conflicto en Colombia
 se le olvidó 
a Francisco mencionar el conflicto de ese país con su vecino,
 Venezuela, un
 conflicto artificialmente creado por los Cabellos y los 
Maduros, y apoyado 
por los inquilinos de esta cárcel que visita en Pontífice.
Y aquí esta esa imagen, casi toda una metáfora de lo que es
 todo esto:
 Cristo con los brazos levantados frente al rostro adusto y
 condenatorio 
de aquel que murió, afortunadamente, en Bolivia. 
Un Cristo que semeja 
la visión de un prisionero delante de sus esbirros.
«!Manos arriba!», parece decir Guevara. Y Aleida Guevara, 
la hija pastiche,
 obesa comemierda que rueda en sus palabras de sargento 
cuartelero en un
 campamento militar stalinista, no quiere escuchar a Francisco
 por no ser 
«hipócrita».
Tal vez las manos levantadas de Cristo, ante ese padre canalla
 cincelado 
sobre el muro cementado del Ministerio del Interior cubano, 
sea la «sinceridad»
 de este régimen y la concesión de beneplácito de la Iglesia 
Católica ante la
 hija ortodoxa de aquel ortodoxo canalla. Después de todo, 
siempre se 
encuentra una respuesta a cada pregunta incontestada.
Pero así estamos, con muchas palabras divinas desaparecidas
 del mapa,
 tal vez perdidas para siempre en las cárceles de la «Stasi» 
tropical. 
Y la más importante, «Libertad», a la que ni la misma autoridad 
Papal
 se atreve a balbucearla.
¡Qué pena de Cristo detenido en La Habana!
Una pincelada: las palabras del inquisidor cubano en la llegada
 del Sumo
 Pontífice resonaron como el quejido moribundo de unas 
instituciones que
 ya parecen muy cercanas a la tumba. La propia voz del emperador
 tropical
 sonaba como el quejido de un anciano quejumbroso, aquejado
 de enfermedad
 terminal, temible aun más por conocer cercana su muerte.
 Por supuesto,
 no pudo dejar de mencionar al hermano invisible, aun desde 
aquella cueva
 que llaman «punto cero» su sombra lo sigue atormentando 
hasta su mismo
 final, y todo su discurso pareció recordarle al Papa que todo 
lo que diga, 
absolutamente todo, a pesar de la ambigüedad, el cuidadoso 
balance de frases
 y la diplomacia serpentina de su Eminencia, se lo puede subscribir
 sus dictadores.
De cierta forma, ¡ha sido el ejercicio facilitado a La Habana por
 el Vaticano!

del Blog de Adri Bosch

https://adribosch.wordpress.com