sábado, 7 de diciembre de 2013

ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE UN TITAN





El combate de San Pedro
La muerte de Antonio Maceo, es una de las acciones de guerra más estudiada y discutida de la historia de Cuba.
Si bien es cierto que, de modo imperdonable, el campamento del mayor general fue sorprendido por la guerrilla de Peral -vanguardia de una columna española al mando del comandante Cirujeda-, quien llegó a neutralizar las avanzadas cubanas, el coronel Juan Delgado y Alberto Rodríguez, al mando de cerca de 40 soldados, los detuvieron e hicieron volver en busca del amparo de la infantería.
La irrupción del enemigo en pleno campamento mambí encolerizó a Maceo, quien despertó al escuchar el estampido del fuego de los fusileros, y, según la carta que envió el Dr. Zertucha al mayor general Máximo Gómez, el 12 de septiembre de 1899: "... Ensilló él mismo su caballo, tarea que nunca confió a nadie, y ordenó que buscasen a un corneta que llamara a las fuerzas cubanas a concentrarse para el contraataque. Pero el corneta no apareció".
Los jefes y oficiales pasaron de la defensa del campamento a la contraofensiva, acompañados por otros combatientes. El Lugarteniente General tomó el mando con la rapidez y energía que le caracterizó siempre. Por ello, con celeridad los peninsulares sufrían 28 bajas. En su retirada se defendieron tras una cerca de piedra que serpenteaba el límite oeste del campamento y que zigzagueaba el callejón que conducía desde Corralillo a Punta Brava. Desde allí hacían un nutrido fuego sobre las fuerzas mambisas que habían reforzado la línea de fuego y el Mayor General quiso desalojar al enemigo y obligarlos a salir hacia un potrero cercano. Esta acción fracasó y los cubanos fueron inmovilizados. Se creó entonces una situación táctica muy grave para los mambises con un armamento que no les permitía entablar un combate de posiciones.
Maceo tuvo la alternativa de la retirada, pero se empeñó en derrotar al enemigo.
Magnífico en su caballo, machete en alto, galopó hacia el lugar que podía decidir el combate para las armas cubanas, y para ello volvió por el camino antes andado, cruzó un portillo de piedra que permitía el paso a un cuartón pequeño, que terminaba por el norte en una cerca de alambres que le impedía atravesar un palmar y un manigual, para llegar a la cerca de piedras, donde se habían hecho fuertes las atemorizadas tropas enemigas.
Esperaba el general Maceo que fuera derribado el obstáculo que representaba la cerca de alambre, expuesto al nutrido fuego de línea proveniente de la cerca de piedras, situada a unos 80 metros más o menos, cuando dijo al brigadier Miró: "Esto va bien".
El testimonio del doctor Zertucha, citado anteriormente, explica:
"Apenas hubo acabado de decir el General Maceo las anteriores palabras, cayó por el lado izquierdo de su caballo como herido de un rayo lanzando su machete hacia adelante a considerable distancia. Tras él caí yo: lo encontré sin conocimiento; un arroyo de sangre negra salía por una herida que tenía al lado derecho de la mandíbula inferior, a dos centímetros de la sínfisis mentoniana. Introduje un dedo en su boca y encontré que estaba fracturada la mandíbula.
"Su estado general indicaba a primera vista la gravedad. La algidez, el síncope, el pulso nulo y la palidez que aumentaba hasta el extremo de estar su rostro desconocido, me indicaba había sido herido y que la muerte era cercana. A los dos minutos a lo más tarde de ser herido, murió en mis brazos y con él cayó para siempre la bandera."
El mayor general Antonio Maceo Grajales, lugarteniente general del Ejercito Libertador, jefe del Contingente Invasor, el cubano humilde que batió las más selectas tropas y generales del Ejercito colonial, había sido herido de muerte. El proyectil penetró por el lado derecho de la cara, rompió la carótida y salió por la parte izquierda del cuello. Tras desplomarse, lo incorporaron de nuevo sobre su montura y es alcanzado entonces en el tórax por otro impacto, bala que también mata al caballo que arrastra a Maceo al suelo.
Es nutrido el fuego enemigo. Quienes intentaron ayudarlo resultaron heridos y otros salieron de la zona desmoronados moralmente. El cuerpo de Antonio Maceo quedó solo en aquellos matorrales batidos por la fusilería española.

Panchito, su ayudante, hijo del Generalísimo Máximo Gómez, que no participó en la acción de San Pedro por encontrarse herido, al conocer la suerte de su jefe, partió solo, con un brazo en cabestrillo y prácticamente desarmado, hacia el lugar del hecho. En un gesto supremo de devoción y lealtad fue a morir junto al General. Resultó blanco fácil de las balas adversarias. Lo hirieron dos veces y trató de suicidarse, pero antes quiso dejar una nota a sus padres y hermanos. No terminó de escribirla. Indefenso, lo remataron con ensañamiento los guerrilleros a machetazos.


Sobre la muerte de Antonio Maceo


El cataclismo de San Pedro

° Repercusión por la caída del General Antonio ° Su velorio casi desconocido  ° Hasta Weyler y Primo de Rivera...


Ningún terremoto político fue mayor por esas fechas. Sus ondas expansivas se sintieron  en todos aquellos lares en que la emigración cubana laboraba y ansiaba la Patria libre y soberana: en los Estados Unidos, en México, Guatemala, Belice, El Salvador, Honduras, Costa Rica, Panamá, Colombia, Venezuela, Ecuador, Perú, Chile, Argentina, Jamaica, Haití y Dominicana.
Mas, los efectos telúricos no se limitaron a la dimensión latinoamericana: llegaron más distantes, mucho más lejos: hasta España, en la que voces como la de Marcelino Domingo y Emilio Castelar, por ejemplo, aplastaron la bajeza de los no pocos que celebraron la caída del Héroe en Punta Brava; a Francia, donde fueron notorios los reconocimientos al prócer cubano por parte del panfletario Henri Rochefort, o del eminente novelista Paul Adam (autor de La fuerza del Mal y de Vestidos encarnados), o de otros distinguidos de las letras, como Lucién Descoves y Henri Baüer; hasta Italia, en la que políticos, hombres de letras y gentes sencillas hicieron la Apoteosis a Maceo; a Inglaterra, Austria, Inglaterra y Escandinavias; hasta Kiev (Ucrania), cuya prensa reflejó la caída gloriosa de Maceo, y hasta el mundo hebreo, con los versos que el gran poeta Moris Rosenfeld tituló A la muerte de Maceo, como homenaje a nuestro ilustrísimo compatriota.
REACCION EN EL EPICENTRO
Pero si impresionante fue la repercusión en el exterior - que aquí sólo reflejamos muy sucintamente -, conmovedor resulta el modo como se expresó, incluso en los más íntimos apuntes - y, por eso mismo, en las formas más sinceras - el sentimiento mambí por el infausto suceso.
El coronel Fermín Valdés Domínguez, en su hipercrítico Diario de Soldado, recuerda los días de incertidumbre alrededor del fatal evento de Punta Brava: “No hay noticias oficiales del combate de San Pedro. En los campamentos sucesivos se llena el ambiente de comentarios y rumores. Un halo de dolorosa amargura flota sobre todos”.
En otra parte de la geografía mambisa, las dudas y esperanzas se mezclan en el ex secretario particular y ex ayudante de Maceo, el capitán Juan Maspóns Franco, que escribió a un amigo: “El Gobierno piensa como nosotros con respecto a Maceo. Yo creo que no ha muerto. Tengo grandes esperanzas que ese coloso viva para Cuba, hoy que es cuando más falta hace.”
Sin embargo de tales anhelos, la verdad terrible cayó sobre el campo rebelde, cual lo revela en su Diario de Campaña, el general Juan Eligio Ducasse, desde las montañas pinareñas: “Leímos en los periódicos del día [¿?] la muerte del valiente e inolvidable General Maceo [...]”
EL VELORIO CASI DESCONOCIDO DEL GENERAL ANTONIO
Después de mucho derroche de heroísmo, de patriotismo y lealtad personal, los cuerpos inertes del Lugarteniente General del Ejército Libertador y de sus ayudantes, teniente coronel Alfredo Jústiz Franco y capitán Francisco Gómez Toro, fueron llevados hasta un sitio donde había una casa en ruina, para velarlos por más de dos horas, según lo relata en sus memorias el general Manuel Piedra Martel:
“Alguien trajo [...] algunas velas de cera de confección campesina, que fueron encendidas unas tras otras, adheridas a los horcones de la mencionada ruina, a guisa de palmatorias.
!Qué cuadro aquél tan triste y desconsolador. La oscuridad era completa fuera del reducido espacio semialumbrado [...] y en éste nos agrupábamos todos, y todos teníamos más sombras en el alma que las que [...[ el cielo derramaba sobre la tierra. Cada uno procuraba contemplar desde lo más cerca posible, y por vez postrera, el cuerpo inanimado del glorioso y querido jefe [...[ Muchos hombres lloraban, algunos convulsivamente. Yo contenía con fuerza la mandíbula para no dejar escapar los gemidos que me salían de la garganta, y levantaba desmesuradamente los párpados para orear y ocultar las lágrimas que furtivas y en silencio brotaban de mis ojos.”
Pasadas las 9 de la noche, y e absoluto secreto, por muy pocos conocido, enterraron los cadáveres de los tres héroes caídos aquel fatídico 7 de Diciembre.
Confirmado el suceso, el 28 de mismo mes, el Cuartel General, bajo la firma del General en Jefe Máximo Gómez y de su jefe de Estado Mayor, general José Rogelio Castillo Zúñiga - el verdadero redactor del documento - dictó Orden General, en la cual se decretó diez días de luto, y que rezaba: “La Patria llora la pérdida de uno de sus más esforzados defensores; Cuba, el más glorioso de sus hijos, y el Ejército, al primero de sus generales.”
De aquellas jornadas aciagas, escribió el coronel Manuel Sanguily: “En mí sentí como si el mundo se hubiera sumido por siempre en las tinieblas, y la causa sagrada de mi existencia [la independencia y la libertad de Cuba] hubiera perecido en un naufragio poderoso.”
El general Lacret Morlot, desde el 18 de diciembre lo tenía por cierto, y ese día escribió a su hermana Ana: “Habrás sabido la muerte de Maceo. Cuba pierde [a[ uno de sus mejores generales y yo [a[ uno de mis mejores amigos.”
Un joven de familia habanera de rancio abolengo, el teniente coronel Eduardo Rosell Malpica, en la íntima relación de su Diario de Campaña, anotó: “Cada vez que pienso [que] es cierta la noticia de la muerte de Antonio Maceo se me cae el alma a los pies. Sufro la misma sensación que si hubiera perdido [a[ una persona de mi familia [...[ La tristeza es de todos, y más acentuada todavía, como es natural, en la gente de color, el general Lacret lloró y los demás desolados y afligidos por la pérdida del general”.
El brigadier Vicente Pujals Punte, a a su vez, descargó en la escritura privada de su Diario de Campaña, la amargura de aquel terrible acontecimiento: “[...[ Yo en mi particular y como amigo y compañero de la Revolución pasada, quería y apreciaba de todo corazón a Antonio Maceo, pues siempre me trataba con la mayor deferencia y cariño, siendo objeto de toda su confianza, siempre que se sobre nuestra independencia, en lo cual estuvimos de acuerdo cuando él creía que ya era tiempo de trabajar por nuestra causa; él era inteligente y todos sus actos los realizaba con el mayor civismo y cordura. Su muerte no se apartará jamás de mi memoria, ni se borrará jamás de mi corazón.”
Otro coterráneo y compañero del 68, Mayía Rodríguez, al expresar su pesar por la caída de Maceo, a María Cabrales, apuntó:
“!Ah! El destino insensato ha derribado el coloso sobra la tierra que a su paso estremecía con el fragor de sus triunfos. !Ya no hay Antonio Maceo!. Cuba ha perdido a su más valeroso paladín: la libertad [a[ su más poderoso guerrero, la victoria, su Dios.
“! Cómo están llorando nuestros soldados. A mí también me abruma, más que crueles lágrimas, el recuerdo de la campaña heroica en que admiré toda la sublimidad de Antonio Maceo[...]”
Coincidente con tal aprecio, son las conocidas palabras del general Gómez, en su pésame a María Cabrales, en las que dijo: “Con la desaparición de ese hombre extraordinario, pierde Ud el dulce compañero  de su vida, pierdo yo el más ilustre y al más bravo de mis amigos y pierde en fin el Ejército Libertador a la figura más excelsa [más elevada, más eminente] de la Revolución.
 “Ha muerto el general Antonio Maceo en el apogeo de una gloria que hombre alguno alcanzó mayor sobre la tierra, y con su caída en el seno de la inmortalidad, lega a su patria un nombre que por sí sólo bastaría, ante el resto de la Humanidad, para salvarla del horroroso estigma de los pueblos oprimidos.”
Su más enconado enemigo de la última contienda, el capitán general Valeriano Weyler, al enterarse de la muerte del gran cubano, declaró públicamente:”[...] es la pérdida más grande que puede haber sufrido la revolución, porque era un hombre valiente, batallador, incansable, tenaz y resumía otras cualidades de las que carecían todos los demás caudillos, incluso Máximo Gómez, que está viejo y enfermo.”
“El más grande de los generales españoles nacidos en Cuba”, lo llamó el general peninsular Primo de Rivera, en 1925, fustigando a un conferencista que sólo mencionó a Maceo, sin valoración alguna.
Otro español, un apreciable español, el señor Wal Insua - muy distante en catadura moral de los dos anteriores - consideró que “Maceo, como Máximo Gómez, en la contienda contra España, son dos figuras colosales que están obligados a admirar los cubanos y españoles.”, y un cubano grande y sabio, José M. Cortina, en acto de pura justicia, reclamó de los cubanos que el recuerdo eterno de Antonio Maceo Grajales “sea el decálogo [los mandamientos[ de todos los deberes que a todo cubano impongan el patriotismo y el honor.”
Y bien estuvo al decirlo, porque - habidas las cuentas - fueron sus lemas de siempre: !La Patria ante todo!, !Todo por Cuba!.