lunes, 6 de agosto de 2012

La Habana, entre drogas y reguetón.Por Iván García



'El verdadero Fidel Castro' es un tipo de marihuana que te hace hablar sin parar.


 Hay más: cocaína, EPO, Parkisonil… En un edificio desconchado, sucio y gris, de finales de los años 20 del siglo pasado, suele encontrarse Juan Antonio, joven con talla de basquetbolista. Viste una bermuda ancha por debajo de la cintura que muestra la marca de su calzoncillo boxer. Los brazos atléticos, ejercitados en gimnasios caseros, están cubiertos por sendos tatuajes con una leve intención artística. Gafas muy grandes, onda retro. Camiseta de Lebron James, la estrella de Miami Heat, y unas chancletas de cuero completan su facha, habitual por estos barrios marginales y mayoritariamente negros. Pasada las 10 de la noche, Juan Antonio comienza su faena. Vender melca o marihuana yuma. Aparentemente está tomando la brisa nocturna en la entrada del derruido y colmado edificio multifamiliar. Pero no, espera a sus clientes. Los primeros en llegar son los "faranduleros", como les dicen a los seguidores de la farándula habanera. Chicos conocedores del itinerario exacto de los reguetoneros. El lugar y la hora donde van sonar. La transacción es un pase rápido. Los jóvenes desean adquirir tres gramos. El expendedor tiene separado minúsculos paqueticos de a gramo. Una mano entrega 150 pesos convertibles y fugazmente Juan Antonio, como devolviendo el saludo, les deja caer tres pequeños envoltorios de papel blanco con cocaína. Es fin de semana. Y los consumidores habituales de La Habana nocturna acostumbran pasar por el negocio de Juan Antonio, a quien las noches movidas le dejan un buen margen de ganancia. "Existe ya una clientela fija, enganchada en 'halar polvo'. Son gente de nivel o con amplias entradas de dinero. Músicos, reguetoneros, hijos de papá, jineteras y extranjeros de paso por la ciudad. Lo difícil no es vender. Es tener los ojos bien abiertos para otear a la 'moná' [policía]", apunta Juan Antonio mascando un chicle. Ciertamente la policía se la pone difícil. A toda hora, por las calles de Centro Habana caminan policías especializados vestidos con uniformes negros y enormes perros pastores alemanes. Son los principales enemigos de tipos como Juan Antonio. Si los pillan vendiendo drogas pasarían una larga temporada tras las rejas. Las sanciones pueden llegar a 30 años. Y hasta a cadena perpetua. Pero Juan Antonio se la rifa. "No tengo otra manera de buscar dinero. Es lo único que sé hacer. Como jugar a la ruleta rusa. La fama de tu producto puede traer una cola de policías. Si no tienes clientes no tienes dinero. Es muy arriesgado, pero tengo tres niños que mantener". Cuando se le pregunta de dónde y cómo obtiene la droga, Juan Antonio se enoja. "Coño, un periodista es lo más parecido a un policía. Eso no te lo voy a decir. Bastante tienes con poder contar tu historia", dice. Y se marcha a atender a un cliente que acaba de llegar con tres risueñas chicas en un cuidado auto americano de los años 50. Extraoficialmente, se sabe que los incipientes carteles de drogas habaneros obtienen el suministro de los recalos de droga que con frecuencia arriban a las costas cubanas. Pescadores, reclutas o gente de la zona no siempre entregan toda la droga incautada. Desvían una parte. Y es que una simple bolsa de cocaína colombiana deja tanto dinero que marea. "Las personas tienen sus necesidades. Quieren reparar su casa. Tener artículos electrodomésticos de primera. Y dinero debajo del colchón para casos de urgencias. Entonces buscan a gente como yo, que de manera razonable les paga la melca extraviada", señala en voz baja un hombre dedicado a la compra y venta de drogas al por mayor. La Habana aún no es una ciudad donde se muevan grandes cantidades de cocaína. Por su alto costo, entre 45 y 50 cuc el gramo, es una droga al alcance de un segmento reducido. Pero si usted quiere 'volar', siempre encontrará una fórmula. En la Calle 23, en plena Rampa, se encuentra la discoteca llamada La Gruta, una de las preferidas de los reguetoneros de moda. La entrada cuesta entre 5 y 10 pesos convertibles. Esta noche canta El Micha, uno de los pesos pesados del reguetón en Cuba. Los usuarios desbordan la sala. Muy cerca de la barra, Arturo vende pastillas de Parkisonil a 20 pesos la unidad. También marihuana criolla a 25 pesos el cigarrillo. "A la gente le gusta ponerse rica al ritmo del reguetón. Cualquier cosa es buena. Ketamina, Maicon, Parkisonil u otra pastilla que arrebate", dice Arturo con las pupilas dilatadas. No es raro que un adolescente habanero de 15 años alguna vez haya probado sicotrópicos o fumado un porro de marihuana criolla, la más barata. La yuma suele costar entre 4 y 5 cuc, un pequeño envoltorio que da para liar un par de cigarrillos. Los fumadores aseguran que es de mucha más calidad que la local. A los cigarros de marihuana siempre les han puesto nombres rimbombantes: "la patá de King Kong", "Black Bird, el pájaro amarillo", o "el verdadero Fidel Castro", un cigarrillo que según los marihuaneros de vieja data, cuando se hace un bazuco ligado con polvo, hablas tanto o más que el comandante en sus buenos tiempos. En ese mundillo te puedes encontrar otra clase de adictos. Como Sheila, una farandulera que dice haber probado —y preferir— pastillas de diseño EPO, que suelen venir en los bolsos de turistas europeos. Las leyes cubanas, de un tiempo acá, tratan al consumidor como un enfermo o enajenado. Pero la frontera entre el que vende y consume es muy tenue. Si te pillan con 10 cigarrillos te pueden empapelar, aunque jures que la yerba era para consumir. Desde finales de los años 90, los servicios especiales han montado fuertes operativos en un intento por frenar el auge de las drogas en La Habana nocturna. Ha habido períodos en que su venta disminuyó. Pero como un dragón de múltiples cabezas, vuelve a resurgir. "Es lo atractivo de lo prohibido. La policía arriba de ti y la gente arriba del 'lío' [droga]", confiesa Juan Antonio. "¿Cómo resolver los problemas de la vida diaria? Como no se pueden resolver, entonces lo mejor es estar en las nubes", afirma Arturo, mientras camina despacio por La Rampa junto a varios amigos. Hace rato dieron las tres de la madrugada, cargan varias botellas de ron añejo, un magacín de Parkisonil y dos cigarrillos de marihuana. Han tenido una noche caliente entre reguetón y sicotrópicos. Ahora esperan el amanecer sentados en el muro del malecón, con una resaca de mil demonios. Relajados y distantes. Eufóricos, eso sí. Es su manera de escapar.