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lunes, 5 de diciembre de 2011

¿Ella vive con usted?



¿Ella vive con usted?


Abrí la puerta sin mirar por la ventana, como de costumbre. Era un hombre blanco, algo mayor, con agradable semblante. Se presentó como inspector del Instituto Nacional de la Vivienda. Llevaba camisa a cuadros, bolígrafos en el bolsillo de la camisa y un portafolios negro muy gastado. Peinaba canas. No podía ser alguien con problemas, me dije en cuestión de segundos y lo invité a pasar.
-¿Agua o café?
-No se moleste. Mire, vengo porque me dijeron en el CDR* que una muchacha vive con usted…¿Ella está?
Loyda salía en ese momento de nuestra habitación, la primera a la izquierda a lo largo del pasillo. Se acercó, en bata de casa, para informarse acerca del visitante.
-Mírela aquí. ¿Por qué?
-¿Es usted de La Habana?-. El hombre se dirigió a Loyda.
-No, de Matanzas. ¿Por qué?
-¿Vive usted aquí?
Ninguno de los dos caímos. Vivíamos tranquilos en un caserón de Nuevo Vedado que fui heredando poco a poco. Primero lo obtuvo mi madre cuando su familia abandonó el país a principios de la revolución. Mi hermano mayor y yo nacimos ahí. Luego, mi madre, divorciada, se fue a vivir con un hombre muy bueno y nos quedamos con la casa. Aunque la dividimos, mi parte seguía siendo grande. No había siquiera agua en los grifos. Aunque teníamos cisterna original, el motor de bombeo estaba estropeado desde que se marcharon los tíos de mi madre, que fueron quienes la criaron. Nadie se había ocupado de arreglar nada. No había dinero para nada y conseguir una simple bomba de agua era como un viaje lunar. La pintura era de “fábrica” pero la estructura de la casa, que se había hecho a conciencia, estaba intacta. Gruesos muros de ladrillo y techos de hormigón armado. Jardín, portal, carpintería francesa, rejas de hierro forjado. Materiales de primera calidad habían encargado aquellos tíos-abuelos. Pero nunca se le había pasado la mano a nada; así que todo estaba ruinoso y fuerte a la vez.
Loyda había venido a vivir conmigo desde Agramonte, un pequeño pueblo correspondiente al circuito sur de Matanzas. No estábamos casados ni habíamos firmado algún papel. Era ingeniera. Yo, periodista, de la plantilla del diario más importante del país. Estábamos al tanto de una nueva ley fascista escriturada por aquellos días. Una ley contra las migraciones internas, según se apuró a publicar el gobierno en el periódico donde yo trabajaba. Había que justificar una cantidad equis de metros cuadrados habitables para que el propietario pudiera dar cobijo. No recuerdo bien la proporción de metros por persona. Había que inscribir, primeramente, al huésped en un registro del citado CDR. En resumen: Ningún ciudadano de provincias podía instalarse en la capital sin estar autorizado.
-Ella vive conmigo. Es mi pareja- respondí yo. El hombre, curiosamente, dibujaba una sonrisa suave, como de padre o de maestro inolvidable.
-¿Sabe usted que está incumpliendo una resolución del Estado contra las migraciones internas?
Recordó la ley.
-Pero si aquí tengo suficientes metros cuadrados…
-¿Ha inscrito usted a su novia en el registro correspondiente?... ¿Ha solicitado una visita pericial de un arquitecto que corrobore, mediante planos, que cumple esta casa con los requisitos de espacio?
Comencé a preocuparme. Estaba desarmado. Podía haber mentido. Sabía que no estaba prohibida la circulación , sino la pernoctación. Loyda estaba perpleja. No se atrevió a decir nada. Yo no dije que trabajaba en el periódico. Preferí aceptar lo que viniera del inspector. Tal vez porque estaba casi seguro de que se trataba de un error o de una advertencia. El hombre rompería la multa antes de abandonar mi casa. La escena ocurría solo porque él tenía que hacer su trabajo, pero seguro rompería el papel. Me había pedido mi carné de identidad y yo se lo había extendido con toda tranquilidad.
Pero no. Se marchó con la misma sonrisa cordial, dejándome un talón de 500 pesos a pagar. Yo ganaba 400 al mes.
Luego averigüé si se podía anular la multa. Mediante unos contactos llegué hasta un primer oficial del Ministerio del Interior encargado del tema de viviendas, pero no fue capaz. Todo estaba muy verde. No había atajos al talón. Necesitaban unos primeros ejemplares para que corriera la voz de la inclemencia. Yo fui de los primeros. El oficial me recomendó pagar la multa cuanto antes.
La pagué.
Ese mes comimos en casa de unos vecinos. No salimos a ninguna parte pero seguimos haciendo el amor, aprovechando los cortes de luz en toda la ciudad. Loyda no hacía más que pedirme perdón.
-¿Qué cosa te voy a perdonar?- me reía con la rabia contenida, con la impotencia apurándome el saber hacer las cosas.
-A partir de esto –le dije-,tenemos que aprender a mentir. Tú perfectamente podías estar de paso y viajar esa misma noche, en la guagua de Agramonte.
-¿Y si el hombre me pide el billete?
-Bueno, claro, no podrías mostrárselo, pero le dirías que viajabas por lista de espera.
Loyda sigue viviendo en La Habana. Está casada y tiene un niño adorado.
Yo, como muchos, abandoné el país unos años después del incidente, siguiendo la idea de mis tíos-abuelos a quienes nunca más volví a ver. Aunque dejé instalado un motor de agua, jamás tuve recursos para pintar aquel caserón de dos pisos. A los once meses de mi salida, perdí la casa, otra vez según las leyes del Estado.
A estas alturas supongo que el inspector habrá muerto, o habrá abandonado el país, como yo.

Nota:
Esta historia es real. Forma parte de los traumas nacionales que llevo conmigo.
Según esta noticia, el Estado acaba de derogar la ley para migraciones internas hacia la capital, pero solo para personas que puedan justificar un parentesco con los propietarios, incluyendo a los cónyuges.

*Comités de Defensa de la Revolución.

Foto del autor
Esta es la muchacha de la historia.
Publicado por Jorge Ignacio

http://www.queridobob.blogspot.com/

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